30 AÑOS DE BIBLIOGRAFÍA MARTIANA

(1959-1989)
Por: Araceli García Carranza y Josefina García Carranza

 
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CORAZÓN Y CORAZÓN)

DEL INSTRUMENTO

 
Razón y corazón nos llevan juntos.
José Martí(1)
El valor, esencialmente de medio, que define por antonomasia a un instrumento -”conjunto de diversas piezas combinadas adecuadamente para que sirva con determinado objeto en el ejercicio de las artes y oficios”, o, más ceñidamente, “ingenio o máquina”; es decir, “aquello que nos sirve para hacer una cosa”, de acuerdo con las taxativas acepciones básicas recogidas en el Diccionario de la Real Academia Española- puede conspirar contra la atención merecida por sus valores intrínsecos. Pero ello no ocurre ante quienes hallan en determinado instrumento un recurso, un aliado, un amigo insustituible para realizar amorosamente una obra.

Pensando en tales casos, aún no tan numerosos como debían, ni siquiera donde el trabajo se libera de ataduras esclavizantes -que entorpecen o impiden que se le asuma como una medular relación amorosa con el mundo-, viene al recuerdo una de las guiadoras convicciones de José Martí: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver.”

La señal es particularmente atendible en el mismo grado en que Martí fue (¿no es?) hombre de sueños reales, no de somnismos desterrenalizados: en todo fulgura su condición de extraordinario luchador de ala y raíz, para decirlo con símbolos que le fueron entrañables. A la evidente e inobjetable generalización citada, que él enriqueció con otras, asimismo propias de su altura moral y poética, añadió, en ciclo que siempre acude a su fuente vital -o, mejor, que no la abandona-, esta mención de la inmediata realidad autobiográfica, nunca divorciada en él de lo universal y trescendente: “Y el poeta sin poesía, el amante solo, asiste a la hermosura, sordo y ciego. Eva no está allí. Todo será hermoso, y querré decir algo, cuando venga Eva.”(2)

Cuando el trabajo se asume como ejercicio de la querencia, ni la fatiga impide que las virtudes del instrumento sean veneradas como cosa del alma por el laborioso empleador. ¿Quién no ha visto cómo el carpintero -el carpintero que se respeta- vela por el estado de sus trinchas y garlopas, o mima, con celo protector, la fértil sensualidad del berbiquí, o, como a virgen que debe cuidarse, la mansa, segura y fundamental precisión de la escuadra? ¿Cómo no adivinar la fruición con que, a solas, un pianista verdadero le acaricia la piel y aun los huesos y los tendones y las vísceras a su piano, o el violinista acuna a su violín, de cuya antigüedad habla como de la edad en progreso de un hijo o de la resistencia contra el tiempo exhibida, según él ve o imagina, por un ascendiente querido y ya muy añoso? ¿Quién no siente reverencia por el mecánico atento que desveladamente procura conservar la señorial presencia de sus llaves modestas y poderosas, y hasta la solidaria rectitud de las aristas de las tuercas y cabezas de tornillos que aprieta o afloja ayudado por ellas? ¿No habla también de cómo es un pintor, además de la calidad de sus cuadros, la forma como ampara contra el deterioro inútil las cerdas de los pinceles y las brochas, y las limpia, y las frota sobre la palma de su mano como si se tratara de criaturas en cuyas cabelleras descansara la garantía de su salud y de su belleza?

Nada de lo hasta aquí dicho será digresión en la nota introductoria de un volumen como Treinta años de bibliografía martiana. 1059-1989, que, valiosísimo instrumento para una tarea que puede llevarse a cabo dignamente sino con infinito amor, revela el amor con el que también él mismo ha sido hecho. A la acuciosidad, al rigor inseparables de la paciente labor que le dio origen, a las retadoras uniformidad y complejidad del libro -muchas veces solapada esta última-, agréguese la modestia de la autora.

En la escueta señal que precede al fruto de su labor, ni punto menos que colosal, habla como si no se diera cuenta de la magnitud de su esfuerzo y de sus resultados. Pero esa magnitud no podrá pasar inadvertida para quien sepa que se trata de un auxilio impagable. Sin embargo, una obra como esta suele ser utilizada reiteradamente, y casi igual número de veces pasa sin ser nombrada, así como -con una asiduidad que ni la razón ni la justicia deberían tolerar- suele minimizarse en el reconocimiento público, al menos en el explícito, la importancia que a trinchas, garlopas, berbiquíes, escuadras, pianos, violines, llaves, pinceles, brochas -para volver a los mismos ejemplos del inicio- les corresponde no únicamente por su utilidad instrumental, sino también por sus propios méritos como resultado de la destreza y el tesón de sus productores. Cuando estos son capaces de crear instrumentos de ley prueban su devoción, igualmente, por la exacta belleza.

La aludida señal orienta a los lectores para un mejor aprovechamiento del presente compendio bibliográfico, dedicado precisamente a los años en que parece indiscutible que ha sido más intenso el quehacer editorial consagrado a Martí, lo que se asocia indisolublemente al apogeo del proceso revolucionario que tiene y son orgullo reconoce en el Apóstol a su autor intelectual. Pero quien se siente honrado con escribir este prólogo no desea pasar por alto algunas referencias -ni con mucho todas las que ella merece- acerca de la autora.

Nacida en una conspicua villa habanera, Guanabacoa; y no cualquier día del año 1937, sino, por feliz coincidencia, el 10 de octubre, Araceli García-Carranza Bassetti se distingue por su legítima y floral cubanía, y por una voluntad de trabajo y servicio para la cual no cabría otro calificativo que el de ejemplar. Doctorada en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana en 1962, después de haber participado activamente en la Campaña de Alfabetización con que su patria cumplió uno de los más entrañables mandatos martianos, labora desde ese año en la Biblioteca Nacional José Martí, donde su constancia y su sabiduría se saben o adivinan en muchos de los mejores logros allí cosechados.

Cabría comenzar hablando de su diestra, fina atención a investigadores y a lectores en general. Quien se haya acercado a ella en busca de orientación, habrá podido comprobar con hechos superiores a las palabras lo que llevamos dicho. Pero líneas de umbral como estas deben recordar, junto a su colaboración en publicaciones periódicas, y a su participación en diversos foros de la especialidad dentro y fuera de Cuba, los numerosos libros donde su firma -no pocas veces unida a las de otros colegas, como su hermana Josefina, cuya valiosa contribución está presente en este compendio de Treinta años- es un verdadero crédito de empeño y acierto.

Entre las pruebas de esa afirmación sobresalen Índice analítico de la Revista Bimestre Cubana (1968), Bibliografía de Don Fernando Ortiz (1970), Índice de revistas cubanas del siglo XIX (1970), Índice analítico de los Anales de Don Ramón de la Sagra (1970), Índice de la Gaceta de Cuba (1974) Índice de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (1975), Bibliografía de la Guerra de Independencia (1976), Bibliografía de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (1981), Bibliografía de Alejo Carpentier (1984), Bibliografía de arte cubano (1985), Bibliografía de Emilio Roig de Leuchsenring (1986), Bibliografía cubana del Comandante Ernesto Che Guevara (1987), Bibliografía de Carlos Rafael Rodríguez (1987) y Bibliografía de Eugenio María de Hostos en los fondos de la Biblioteca Nacional (José Martí) 1988.

Pero para un buen aval ante los lectores bastaría el presente aporte, con el cual la autora continúa los dignos antecedentes de otros especialistas que reconoce como es debido, y también corona -afortunadamente sin ánimo de interrumpirlos- sus propios acarreos en torno al magno tema. De ellos dan fe las compilaciones aparecidas en los siete números del Anuario martiano que publicó la Sala Martí de la Biblioteca Nacional que lleva el nombre del Héroe, y ya, hasta el momento de escribirse estas líneas, en doce entregas del Anuario del Centro de Estudios Martianos, que desde 1978 edita la institución mencionada en el título, la cual se fundó en julio de 1977, y a cuyo indiscutible aporte a favor del conocimiento del Apóstol puede quien suscribe referirse ahora, como no le habría sido posible hacer durante su permanencia de casi trece años en esa institución, aunque sería descortés si ocultara que le place y honra haber dado el calor que desde allí pudo brindarle al empeño de Araceli García-Carranza.

La cantidad de textos a considerar, la improbabilidad real de tener acceso a todos los posibles y de asegurar su procesamiento, impiden que puede darse como absolutamente completa la importantísima relación bibliográfica ordenada. La propia autora advierte, con respecto a “toda bibliografía”, algo que resulta especialmente apropiado afirmar si se trata de la montuosa a que dan lugar los textos de Martí y acerca de él, publicados en distintos sitios del planeta en número que ha de crecer: “se debate entre la ilusión de la exhaustividad y la imposibilidad de lograrla.”

El saldo conseguido por esta compilación no sólo es un logro de la cultura cubana, pues favorece destacadamente el conocimiento de un hombre que, por la jerarquía y las perspectivas de su palabra y de su pensamiento, desborda los límites de su patria inmediata y pertenece a toda nuestra América y a esa patria mayor que para él fue la humanidad. Dentro de esa relación de pertenencia recíproca puede México sentirse con peculiares motivos y derecho de orgullo para propiciar la divulgación de estos Treinta años de bibliografía martiana, cuya circulación debe, por supuesto, extenderse al mundo.
Recordemos la declaración del autor de Versos sencillos: “Yo vengo de todas partes, / Y hacia todas partes voy.” En otro pasaje del poemario exclama: “¡Arpa soy, salterio soy / Donde vibra el Universo: / Vengo del sol, y al sol voy: / Soy el amor: soy el verso!” Fiel a la sed martiana de universalidad y perfeccionamiento, la presente bibliografía no estará sólo abierta a continuar creciendo, sino también a mejorarse a sí misma, y será una de las fuentes ineludibles para futuros empeños, particularmente para uno que se erige cada vez más como reto insoslayable: la realización de una monumental Bibliografía crítica basada en la totalidad de las publicaciones hechas con textos de José Martí y -vertiente en que el carácter crítico puede ser aún más necesario- en la totalidad conocible de estudios acerca de su vida y de su obra.

Esa bibliografía permitirá perfeccionar cuantitativa y cualitativamente los frutos logrados por esta especialidad en lo que a exegética del legado martiano concierne. Pero entre ellos corresponde ya un lugar prominente a las páginas debidas al esfuerzo y la pericia de Araceli García-Carranza.

La Habana, 29 de septiembre de 1991

Luis Toledo Sande
Notas

1 José Martí: Obras completas, La Habana, 1963-1973, t. 4, p. 262.

2 José Martí: Obras completas, cit. (en n. 1), t. 21, p. 419.

   
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